El domingo pasado viví una de esas travesías que se quedan grabadas en la memoria. Fueron un poco mas de 26 kilómetros de caminata, cruzando de Paso de Cortés hacia Bosque Esmeralda, por la cañada de Milpulco, un recorrido que lo tuvo todo: paisajes espectaculares, momentos de exigencia física y por supuesto, una buena lección de humildad.
Desde los primeros kilómetros, la montaña nos regaló vistas increíbles. Uno de los momentos más especiales fue la vista al subir por la boca del tiburón, todo el campo morado, atravesar extensos campos de lupinos, con sus tonos violetas y azules pintando el paisaje. Era imposible no detenerse unos instantes para admirar tanta belleza y recordar por qué vale la pena levantarse temprano para salir a caminar.
Pero toda travesía tiene su lado desafiante. Después de esa parte tan amable del recorrido vino una bajada intensa, cuando pensábamos que lo más difícil había pasado, ya llegando la noche, nos encontramos con que el camino estaba extremadamente resbaloso por la temporada de lluvia. Yo que casi nunca me caigo, esta vez no me salve, en la caída se me dobló un pie y el otro se fue a una zanja, sentí de inmediato el dolor en la pierna y la rodilla y así me fui caminando lento porque aún faltaban 5 km aprox.
Llegamos al final agotados. Yo, además, con una rodilla adolorida que seguramente tardará algunos días en recuperarse. Sin embargo, mientras recordaba el camino de regreso a casa, me di cuenta de que las aventuras en la montaña no se miden solo por la distancia recorrida o las fotografías tomadas. También se construyen con los retos, las caídas, el esfuerzo compartido y la satisfacción de haber llegado hasta el final.
Las heridas sanarán, el dolor desaparecerá, pero los campos de lupinos, la inmensidad del bosque, los amigos y la experiencia de esos 26 kilómetros permanecerán como un recordatorio de que las mejores historias casi siempre comienzan cuando decidimos salir de nuestra zona de confort.

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